Jugar a que todo es redondo y se usa para sonreirle al horóscopo

Cuando uno no se quiere dormir y desea guardar su originalidad:

Apenas él le soltaba el pelo, a ella se le retorcía el nervio y caían en sensaciones, en salvajes contradicciones, en socorros exasperantes. Cada vez que él procuraba tocar las extremidades, se enredaba en un problema quejumbroso y tenía que intencionarse de cara al espejo, sintiendo cómo poco a poco las incrustaciones se resolvían, se iban esforzando, violentamente, hasta quedar tendido como el animal de hombre al que se le han dejado caer unas gotas  de profanador. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se aprendía los movimientos, consintiendo en que él aproximara suavemente sus miembros. Apenas se penetraban, algo como un impulso los sensoriaba, los arrinconaba y sambando, de pronto, era el momento, las calientes esperanzas de las almejas, la indecible embocadura del orgullo, los premios del espasmo en una maldita acupuntura. ¡Seguí! ¡Seguí! Vulnerados en la cresta del acto, se sentía dormido, perlinos, mordidos. Temblaba el dolor, se vencían las barreras,  y  todo se convertía en un profundo estado, en heridas de viejas gasas, en hechos casi crueles que los llevaba hasta el límite de las exhalaciones.

Cuando uno no se quiere bañar y desea guardar su suciedad:

Apenas él le ataba el cordón, a ella se le caía el moco y caían en problemas, en salvajes riñas, en momentos exasperantes. Cada vez que él procuraba levantar las repugnancias, se enredaba en un revuelto quejumbroso y tenía que taparse de cara al suelo, sintiendo cómo poco a poco las rodillas se juntaban, se iban manchando, verdes, hasta quedar tendido como el chicle de calle al que se le han dejado caer unas pisoteadas de transeúntes. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado, ella se comía los mocos, consintiendo en que él aproximara suavemente su boca. Apenas se besaban, algo como un hilo los pegoteaba, los mojaba y chorreando, de pronto era el agua, las limpiezas culpables de las aguas, la misión última del lavado, los momentos del jabón en una bañadera repleta. ¡Basta! ¡Basta! Descoloridos en la cresta del asco, se sentía quejar, perlinos y sucintos. Temblaba el moco, se vencían las cañerías, y todo se guardaba en un profundo tarro, en compañía de manchadas gasas, en conservas casi crueles que los dejaría hasta el límite de las ansias.

Mirtha Cabriola***

carta astral julio cortazar

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