Me ama siempre que me vomite. No puede quedarse con el amor adentro.

texto adaptado de El Albergue de las mujeres tristes, su autora Marcela Serrano.

//-Sí.

-¿Queres conversarlo?

-Estoy enferma de amor, es sólo eso.

-Sólo eso…

-Hace tanto que necesito una amiga… que estoy dispuesta a confiarte todo.

Recoge de la playa una varilla y comienza a hacer círculos con ella como si quisiera perforar el aire, darle mil vueltas. Transformarlo en otro aire distinto.

– Estoy enamorada de un hombre casado. Me juró que se iba a separar de su esposa por mí, pero no ha sido capaz de hacerlo. Y sabiendo a cierta ciencia que su única posibilidad de ser feliz es conmigo.

-¿Por qué no lo ha hecho?

-El es católico, más bien tradicional en sus concepciones. Luego de dos años de apasionada relación en que me prometía rehacer su vida y no llegaba a hacerlo, le di un ultimátum, el resultado fue negativo. No exagero si te digo que casi enloquecí.

-Comprendo…debe ser un conservador.

-¿Cómo definirías a un conservador?

-Como el policía de las costumbres. Tiene más relación con cómo se comportan los demás que con el comportamiento propio. No cejará nunca de controlar la vida sexual y personal de los otros, para que se adapten a sus propias restricciones. Las de su mente, no de sus actos.

– Es un poco duro, pero en el fondo tienes razón…bueno, se supone que a partir de entonces, el romance terminó. Pero igual espero noticias suyas cada día desde que llegué aquí…y nada. Como nuestro amor fue clandestino tampoco puedo llamar, preguntar abiertamente por él. No resisto su distancia. Aunque sé que necesito este aislamiento, a veces me mata.

Su rostro tan hermoso se contrae pero su voluntad le devuelve de inmediato la expresión anterior.

– El está casado con una mujer de su edad, se que es una injusticia para ella, siendo yo diez años menor….tiene cinco hijos, cree en Dios y en el valor de la familia por sobre cualquier otra cosa.

– ¡Pobre! ¡Me imagino sus contradicciones!

– ¡Tremendas!
-¡Tremendas! Se enamoró de mí muy a pesar de sí mismo. Cuando lo conocí, creí que la infidelidad era imposible para él. Yo estaba recién separada, con ganas de empezar a vivir luego  de un matrimonio aburrido y de un marido que no soportaba  que yo ocupase cargos de más importancia que él ni que ganara más dinero. Me había casado virgen, y nunca le fui infiel.

-Suena aburrido, en realidad.

– Una vez me dijo: nosotros los católicos también somos infieles, y tal vez con menos dolor que los agnósticos, porque reconocemos nuestra calidad de pecadores y tenemos a quién pedirle perdón.

-Es un hombre muy desconfiado…

Se instalan, sacan cigarrillos, ambas conservan ese vicio tan femenino… una bandada de pájaros que vuela por el cielo…brillo extraño…delirio que desprenden sus ojos. Algo cambia en su voz, comienza a hablar en un tono monocorde.

-Su madre se metió con el jardinero de la casa. El tenia catorce años ese día que volvió del colegio con fiebre, vivían en una casa enorme, una especie de parcela, en Las Condes. Estaban las empleadas, el mozo, todo el mundo haciendo el aseo en el primer piso. Al pasar a su pieza, sintió ruidos en la de su mamá. Eran ruidos que él nunca había oído y que nunca pudo olvidar después. Como de gatos, no de seres humanos. En vez de interrumpir en el dormitorio, lo turbó algo que aún hoy no puede identificar claramente. Algo que lo obligo a espiar. Se quedo oyendo. En la ventana abierta a la terraza se reflejaban las imágenes de un hombre y una mujer revolcándose en la cama. Le dieron ganas de matarla cuando reconoció al jardinero….pero se quedó paralizado. De ahí en adelante, vivió como en una pesadilla.

– ¡Pobrecito! Debe haber sentido una impotencia feroz.

– Si, feroz. Ella con sus blusitas de seda cerrada hasta el cuello en la mesa, escandalizándose si alguien decía poto, y su padre tratándola como si fuera una mujer decente. Lo odió más a él que a ella, por débil, por crédulo, por imbécil. El jardinero iba todos los jueves. Su padre se despedía de él en la mañana, afable, cariñoso, dándole instrucciones sobre el paso, las rosas, el riego. Y el otro siempre obsecuente. Y mi pobre amor lloraba de rabia. Empezó a enfermarse los jueves para no ir al colegio y así asegurarse la tensión de su madre, coartándola con su presencia para que aquella escena no se volviera a repetir. Nunca lo habló con nadie.

– Eso sí que mata…el no hablarlo.

– Era incapaz de hacerlo. A los dieciséis años se masturbó por primera vez con la imagen de su madre y el jardinero, vomitando y eyaculando al mismo tiempo. No confió más en las mujeres. Se casó con una especie  de monja, fea, santa, asexuada.

– Previsible, ¿no?

– Absolutamente. Nunca volvió a querer a sus padres. De ahí hasta que me conoció. Tenía sospecha de todo y de todos. ¡Y de todas! No te imaginas como era su casa, su mundo: la formalidad extrema. La aparente bondad, los buenos modales, los principios inamovibles. Su sentimiento intimo era así: todos son crápulas, yo también. Cuando me conoció en el Directorio de su propia empresa donde nos tocó trabajar un buen tiempo juntos, se fue enamorando sin darse cuenta, básicamente por mi apoyo diario a sus asuntos. Viajamos juntos muchas veces los dos, sin ser amantes todavía. Ni siquiera éramos amigos.

– ¿Pero se coqueteaban o algo?

– Inconscientemente sí. Claro que ninguno de los dos lo habría desconocido. No se cómo empezó a excitarse conmigo. La primera vez que nos acostamos él estaba aterrorizado. Me dijo que no sabía nada en materia de amor. Prometí enseñarle, disimulando lo poco que sabia yo, aunque muy pronto me di cuenta que a pesar de la pobreza de mi vida sexual anterior, el era efectivamente mucho mas ignorante que yo. Vomita cada vez que se acuesta conmigo, al eyacular. Se descompone de amor y de rabia.

– ¿Vomita?

– Pero, Constanza, ese hombre te tiene pavor…jamás había oído algo semejante

– El mismo no podía explicarme porqué, y yo me angustiaba seguido, imagínate como me insegurizaba: ¿Quería decir que verme, tocarme desnuda le daba asco? Me volvía loca de desconcierto. Creí que nunca se iba atrever a contarme qué le pasaba hasta que hubo una noche rara, especial. Estábamos en Singapur, en un antiguo hotel inglés, El Raffles, que es como de sueño, un lugar que te transporta, no sé, a la India del siglo pasado. Creo que influyó que estuviera tan lejos de nuestra realidad cotidiana.

– Sí. Yo también he comprobado en carne propia que en el extranjero los hombres se sueltan.

– Y nosotras también…

– Esa noche, otro miembro del Directorio, joven y bastante buen mozo, le confesó en una especie de borrachera que estaba enamorado de mí y le pidió consejos sobre como abordarme. Esto lo volvió loco. La sola idea de imaginarme en manos de ese hombre le desató tal angustia (el otro no sólo era mas joven sino que además estaba disponible) que tuvimos un encuentro sexual desenfrenado. Y a la hora de vomitar ante el miedo de perderme tomó la decisión de hablar conmigo. Allí me contó esta historia. Fue un puro acto de pasión.

– Y de confianza.

– Si, o mejor dicho: a mi me quiere, a pesar de sí mismoMe ama siempre que me vomite. No puede quedarse con el amor adentro.//

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3 comentarios en “Me ama siempre que me vomite. No puede quedarse con el amor adentro.

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